diumenge 7 de desembre de 2008

 

CRISIS ECONÓMICA y FAMILIA: UNA REFLEXIÓN

La economía está en crisis. La familia también. ¿Qué está en mi mano resolver, y qué no está en mi mano resolver?
Hablando en primer lugar de la familia -de mi familia-, observo que mi familia depende básicamente de dos voluntades: la de la esposa y la del esposo. Ciertamente, la familia está sometida a continuos bombardeos externos, pero superables. El principal peligro que podría hacer entrar en crisis a mi familia, somos los propios cónyuges. ¿Y cuál es el principal bien que hay que proteger para que esto no suceda? Pues el principal bien que hay que proteger es la UNIDAD del matrimonio: el núcleo que alimenta y sostiene a la comunidad; no sólo a la comunidad familiar -que también-, sino a cualquier comunidad humana.
¿Y qué es la unidad? Parafraseando a Ortega y Gasset, la unidad -la causa de la unidad- es el PROYECTO COMÚN. Tradicionalmente, quienes hablan de unidad, centran sus reflexiones en las consecuencias o los efectos de la unidad. Lo mismo, dicho desde otro ángulo, sería que centran sus reflexiones en la falta de unidad, en los efectos de la desunión. Estas consecuencias o efectos de la unidad son diversas, pero en este artículo nos centramos en la causa principal de la unidad, es decir, en este proyecto común.
¿Cuál es para mi familia el proyecto común? ¿Existe este proyecto común? ¿Sabemos en qué consiste? O, por el contrario, ¿se trata de proyectos distintos, uno para cada cónyuge, o uno para cada miembro que la compone? Es necesario redescubrir que los demás, lo de los demás, sus cosas, me importan. Ciertamente, en la familia -al igual que en otros ámbitos- el crecimiento personal, el desarrollo de la propia personalidad, debe ser fomentado y compartido. En el momento en que los miembros de mi familia fueran indiferentes entre ellos, se habría herido profundamente su unidad, y mi familia entraría en crisis.
En la familia, hay un algo común y un algo personal. Podría ser conveniente releer al pensador francés Jacques Maritain, que desarrolló la idea del personalismo comunitario, no como dos realidades opuestas o contradictorias, sino como dos realidades convergentes y complementarias, que necesitan una de la otra, y referirlas a la familia. ¿Cómo puedo reorientar, rehacer, renovar, redefinir este proyecto común sin el cual no sería nuestra familia un tú y un yo: un nosotros?
La principal trampa para la empresa familiar sería confundir los proyectos de la empresa con los proyectos de la familia. De la misma manera, reducir el proyecto común de la familia a un proyecto estrictamente de tipo económico, llevaría a pervertir las relaciones familiares, llevándolas a unas frías relaciones de tipo laboral-profesional jefe-empleado. Por tanto, la distinción de proyectos, la priorización, generará claridad a la hora de tomar decisiones. La confusión de proyectos generará oscuridad e injerencias perversas entre ámbitos distintos. El ámbito familiar y económico, sin lugar a dudas, están relacionados. Claramente, el ámbito económico debería estar supeditado al ámbito familiar. Lo económico es una realidad necesaria para la familia, pero en ningún caso se debería subordinar el proyecto familiar al proyecto material.

Siguiendo con la cuestión planteada sobre familia y economía, se puede observar que existe algún factor común en todas las organizaciones que han perdurado a lo largo del tiempo: qué es ese algo que, si faltase, condenaría inexorablemente al fracaso más estrepitoso a la organización más poderosa. Para Peter Drucker sí existe este factor común que hace perdurar en el tiempo a las organizaciones; él define este algo, ese núcleo vital origen de la fuerza de una organización, con el nombre de CONFIANZA. Concretando este principio de confianza, se puede afirmar que es la principal virtud del buen gobierno; la virtud que, si se proyecta bien, constituye el factor clave que refuerza el liderazgo y las ventajas competitivas, con lo que esta organización llega a ser más fuerte que cualquier otra. Sin lugar a dudas, ésta podría ser una de las claves para entender las fortalezas de la empresa familiar y también sus debilidades. Las organizaciones ya no se fundamentan en el poder, sino en la confianza. Se podría decir que los sistemas -y el sistema económico no es una excepción- también se fundamentan en la confianza de la gente en el propio sistema.
¿En qué confiar? Ante la pregunta: “¿en qué confía usted?”, “¿cuál es en su vida el principal factor de confianza?” (Maslow lo llamaría seguridad), probablemente obtendremos la respuesta evasiva de “te contesto más tarde, déjame que lo piense”. Si se invierte la pregunta, quizá fuese más fácil obtener una respuesta inmediata: “¿de qué desconfía?”, “¿de qué tiene miedo?”. Quizá alguien diga que tiene miedo a la soledad, a quedarse sin trabajo, sin salud, sin dinero, sin amor, sin alimentos, sin agua. Otro puede que tenga miedo a sentirse juzgado por los demás, a la injusticia, etc.
Stephen M. R. Covey, en su libro Factor Confianza, habla de las cinco actitudes que deben presidir las relaciones para garantizar la confianza: hablar claro, demostrar lealtad, presentar resultados, afrontar la realidad y -sobre todo- escuchar primero. La confianza genera optimismo, seguridad, eficacia, serenidad, creatividad, unidad.
Si se pregunta de nuevo sobre ¿qué le da confianza en su vida?, la respuesta probablemente no se centrará en factores opuestos que anularían los miedos manifestados anteriormente: algunos concretarán su principal fuente de seguridad en diferentes formas de posesión material; otros relacionarán sus factores de confianza con el ámbito personal; y otros, en fin, harán referencia al ámbito de las relaciones interpersonales -sentirse admirado, sentirse querido, sentirse comprendido, sentirse aceptado tal como uno es; en definitiva, sentirse valorado por lo que soy y no por lo que tengo-.
Es en el ámbito de la familia donde por excelencia uno debería ser naturalmente estimado por lo que es y no por lo que tiene. En la familia se da sin esperar nada a cambio (aunque no siempre, pues las madres ya saben que los hijos son “un poco interesadillos”). En la familia se puede encontrar ese remanso de paz, de comprensión, de cariño, que no fluctúa al vaivén de las circunstancias.
En las relaciones de tipo económico, por lo general, uno es apreciado por lo que tiene, y no por lo que es: se es valorado por la cuenta corriente, por el patrimonio, por el poder, y no por el hecho de ser una persona humana irrepetible. En el espacio económico se da con la condición de recibir algo a cambio, generalmente con un rendimiento para los agentes.

Ésta es la diferencia básica: en la familia se habla de estima, de amor, de dar, de cariño. En cambio, en el ámbito económico se habla del aprecio, del valor añadido, del interés. Los intereses suben y bajan, las valoraciones, las bolsas -hoy esquizofrénicas- fluctúan al compás del interés, de la especulación y de los resultados, bajo la mirada atenta de Hacienda en busca de su bocado.
Es evidente que no somos seres puros, sino corpóreos, y, por tanto, necesitados de armonía entre lo material y lo espiritual. Ya Woody Allen afirmaba que “el dinero no da la felicidad, pero procura una sensación tan parecida, que necesita un especialista muy avanzado para verificar la diferencia”; o, si prefieren, en el mismo sentido, la frase de Groucho Marx: “Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna…”
La armonía -felicidad, si se me permite sustituir el término- será un fruto -una consecuencia- de lo que ya se ha dicho en este artículo, y que ahora resumo: la unidad -ese proyecto común-, la confianza, el amor -posible tanto en la adversidad como en la abundancia- y el buen humor.
Dr. Lluís GIRBAU MASSANA





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